El papa León XIV acaba de convertir en realidad el anhelo que Jorge Bergoglio dibujó sobre estas colinas. Con la inauguración de Borgo Laudato Si’, el Jardín Infinito de las Villas Pontificias, aquella conversión ecológica que pedía el papa Francisco deja de ser texto para volverse tierra, sombra y energía limpia. El enclave, 55 hectáreas donde conviven paneles agrivoltaicos, viñedos y robles centenarios, respira la misma ecología integral que vertebró la encíclica de 2015. ¿Cómo se pasa del diseño del papa argentino a la ejecución con su sucesor? La respuesta cruza donaciones privadas y la voluntad de León XIV de anclar el futuro del Vaticano en un modelo regenerativo que ya ilumina los Castillos Romanos.
Energía que alimenta, animales que sanan y un restaurante de kilómetro 0
En el centro se levanta el Dome, una estructura poliédrica y futurista. Sus paneles solares están interconectados con la comunidad energética de los Castillos Romanos. Producen mucha más electricidad de la que consumen. Ese excedente alimenta la ecología integral más allá del jardín. La vieja granja papal se ha vuelto un laboratorio donde la innovación convive con robles centenarios.
Las terapias con animales son una de las apuestas más sorprendentes. Proton y Sale Rosso, dos caballos, participan en sesiones para personas con autismo. Los burros de Benedicto XVI y las 50 vacas frisonas no solo dan leche: tejen comunidad.
Muy pronto abrirá un restaurante kilómetro cero diseñado por el chef Art Smith, ex cocinero personal de Oprah Winfrey. Lo que se cultiva aquí regresa al plato en un guiño de economía circular.
Naturaleza, espiritualidad y comunidad abrazan el cambio
Esa energía excedente, además, alimenta una red de cogobernanza que ensancha el concepto de ecología integral más allá de los muros vaticanos.
Junto a estos animales, estudiantes de universidades católicas exploran espiritualidad y naturaleza. “No paro de ver personas abrazando árboles. Al inicio me hacía gracia. Sí, la gente necesita tomar contacto con la naturaleza”, comenta Stefano Cascio, administrador del lugar. No es una anécdota: revela un hambre colectiva de arraigo.
Todo este ecosistema de cuidado se sostiene con donaciones privadas estadounidenses. Por ahora, el Vaticano no ha invertido fondos propios. La dependencia de mecenas externos, sin embargo, plantea un matiz sobre la autonomía futura del proyecto.
Un edén regenerativo que comparte su excedente energético
El atardecer tiñe de cobre los paneles del Dome mientras los animales se recogen lentamente. Un estudiante permanece arrodillado junto a un rosal, las manos aún manchadas de tierra. Esos árboles que parecen sacados del Génesis custodian el tiempo transcurrido allí, entre viñedos, invernaderos de plantas medicinales y jardines a la italiana.
La estructura poliédrica, centro de este vergel, sigue bombeando su excedente hacia los Castillos Romanos. El agua de lluvia se recoge mediante un complejo reticulado que autonomiza la irrigación del campo. Todo respira esa ecología integral que Francisco soñó en su encíclica.
Pronto abrirá el restaurante kilómetro cero con menú del chef Art Smith. Llegarán nuevas camadas de estudiantes desde universidades católicas americanas. Las terapias con animales podrían ampliarse. Quien tiene las llaves de este edén regenerativo sabe que la innovación tecnológica solo cobra sentido cuando la comunidad puede abrazarla, literalmente, como esos brazos que cada tarde se aferran a la corteza de los árboles buscando consuelo.




































