Mediodía en la Facultad de Química. Guillermo Díaz se detiene frente a la vitrina de antiguos instrumentos de laboratorio y pasa la mano por el cristal, como quien saluda a un viejo conocido. «Este laboratorio no ha cambiado en 40 años», murmura. El olor a reactivos impregna el pasillo —ese mismo olor que memorizó cuando era estudiante aquí, tres décadas atrás—. Hoy, el catedrático de Química Agrícola camina la Universidad de Murcia con la familiaridad de quien ha vivido en sus aulas, sus bibliotecas y sus despachos. Conoce cada logro. Y también cada grieta. La escena condensa el reto de una candidatura que nace de las entrañas mismas de la institución: aspirar a transformar la universidad que te ha formado.
Compromiso con una gobernanza más clara, justa y útil
Díaz se detiene. Su mirada recorre los pasillos que conoce desde hace cuatro décadas y algo cambia. «No basta con seguir haciendo lo mismo», afirma. La frase no es un lamento. Es un punto de inflexión. Plantea una Universidad de Murcia que rompa con la inercia, que deje de desgastarse en trámites interminables para centrarse en lo que realmente importa. Su diagnóstico es filoso: la burocracia se ha convertido en una fuerza asfixiante.
Él propone, defiende y marca una dirección clara. Simplificar estructuras. Escuchar de verdad. Decidir con criterios transparentes. «Necesitamos una carrera académica más clara y previsible», sostiene, consciente de que la precariedad y la falta de horizontes agotan más que cualquier carga lectiva. La tensión entre el estado actual de las cosas y la gobernanza ética que promete es el motor de su candidatura. ¿Se podrá desmontar esa maquinaria lenta y desgastante? Es la pregunta que queda flotando en el ambiente.
Tejer confianza: escucha, transparencia y cogobernanza
En la Universidad de Murcia, el silencio atento del rector durante una visita a un centro contrasta con el ruido burocrático cotidiano. Díaz propone que esa escucha se repita cada mes. “Que el rector visite cada mes un centro para escuchar directamente a estudiantado, profesorado y PTGAS”, explica. La corresponsabilidad es el eje. “Si cada uno se siente escuchado de verdad, la universidad funciona mejor”, añade.
La transparencia exige mecanismos como un portal único, indicadores públicos y una Oficina de Buen Gobierno “que supervise el código ético y garantice canales seguros de alerta”. Descentralizar decisiones y reducir estructuras amenaza zonas de poder; la oficina puede resultar incómoda. Construir confianza real, frente al escepticismo de promesas previas, requiere hechos. Gobernar, dice Díaz, no es multiplicar cargos, sino “escuchar y decidir con criterios claros”.
Importancia del bienestar y la comunidad universitaria
Detrás de los indicadores y los planes estratégicos hay personas. Díaz lo sabe. Por eso insiste en que la arquitectura institucional —más ágil, menos burocrática— solo cobra sentido si al final se traduce en vidas universitarias más plenas. “No puede haber docencia de calidad sin una comunidad universitaria cuidada”, subraya. La frase no es un eslogan: encierra una advertencia sobre los riesgos de priorizar la empleabilidad sobre la formación integral.
El equilibrio es delicado. La inteligencia artificial, las prácticas formativas —que deben ser exactamente eso, formativas— y la salud mental dibujan un triángulo donde la institución no puede escurrir el bulto. Un servicio de acompañamiento psicológico o una tutoría atenta pueden marcar la diferencia entre el abandono y la graduación.
Y luego está el territorio. Díaz imagina investigaciones que no mueren en el paper, sino que bajan a la calle a resolver problemas concretos. “Investigar no es solo publicar más, sino transferir mejor ese conocimiento para mejorar la vida de las personas”, afirma. La divulgación científica, el campus descentralizado y las alianzas con el entorno vuelven tangible una idea que el candidato resume así: la universidad también cuida y acompaña.
Una UMU más rigurosa, abierta, justa y útil para la sociedad
La luz del atardecer resbala sobre los edificios vacíos. Díaz camina despacio, como quien recorre un ciclo que está a punto de cerrarse. No habla de cargos. Habla de cuidado.
“Me gustaría que esta etapa se recordara como un tiempo de servicio público, de honestidad y de trabajo serio”, afirma. “Que se haya escuchado, explicado y dado la cara. Que se haya cuidado más a la comunidad universitaria, en su bienestar y en sus condiciones”.
Esa universidad más habitable exige romper con la obsesión por el trámite que tanto desgasta. La pregunta flota sin formularse: ¿conseguirá los votos para hacerla real? La respuesta, en unos días, la tiene una comunidad que ahora sabe exactamente qué elige.































