Muchas de las infraestructuras tecnológicas de la UE están en manos de unos pocos consejeros delegados estadounidenses y chinos. Es como si un puñado de fontaneros pusieran todas las tuberías en Europa, siendo además los propietarios de estas, del agua que fluye por ellas, y pudieran decidir el precio, la cantidad, la presión o cortar su suministro si así les conviene.
La economista Francesca Bria (Roma, 1977) lleva años subrayando la amenaza existencial que supone que empresarios americanos y asiáticos puedan llegar a ser los amos y señores de las infraestructuras de defensa, energía, información de la población, suministro monetario y comunicaciones orbitales europeas. Avisa del peligro de que el continente se convierta en una irrelevante colonia digital.
En Bruselas, Roma o Londres, en reuniones y grupos de trabajo, insiste en que Europa debe construir su propio chasis digital —conectividad, computación en la nube, plataformas digitales, software, chips, IA— para tener la libertad de modelar su futuro. Explica que el modelo estadounidense persigue la escala y el beneficio; el chino, el control estatal; y que el modelo europeo debe incorporar la democracia a través de la transparencia, la responsabilidad y el respeto a la privacidad.
De la protesta callejera a los centros de poder en Bruselas
La campaña mediática de Berlusconi le mostró el poder bruto de controlar las infraestructuras de la información. Para ella, aquello era “un tipo de política muy de macho, un Trump avant la lettre“, capaz de devaluar el sistema democrático desde la televisión. El contragolpe llegó al descubrir la autonomía comunicativa de los zapatistas, que tejían redes de solidaridad global en internet sin pedir permiso a nadie.
Esa tensión entre manipulación y liberación la empujó hacia plataformas como Indymedia, donde experimentó con un periodismo ciudadano y descentralizado. Hoy, su convencimiento es nítido: no puedes regular lo que no controlas. Moverse desde las asambleas callejeras de Génova hacia los despachos comunitarios responde a esa certeza.
De Barcelona a Europa: soberanía digital con democracia participativa
Barcelona fue el laboratorio. La apuesta era concreta: migrar los servicios municipales de Microsoft Exchange a Open-Xchange, una plataforma de código abierto que devuelve el control a la administración pública. Había un debate intenso, pero nada naíf, sobre el impacto de la tecnología en la gente, y el papel de internet en la lógica de relación más directa con la ciudadanía. Su obsesión no es la herramienta en sí, sino para quién funciona. El objetivo actual es que la tecnología garantice y refuerce el sistema democrático, asegurando que nadie se quede atrás mientras el continente redefine su autonomía digital.
Dos décadas adaptando la democracia a la era digital, desde Bruselas
Ahora se mueve entre pasillos silenciosos de la Comisión, pero el motor sigue siendo el mismo. Dos décadas después, dedica casi todas sus horas a adaptar la democracia al siglo XXI. Dar el salto desde la innovación local en Barcelona hasta el escenario de la Unión fue un cambio de escala, aunque su explosión personal no se ha apagado. “Lo que más me sigue sorprendiendo es la pasión que anima todos sus esfuerzos”, dice Fabrizio Sestini.






























