Anochecía en la calle Alcalá. Un grupo de jóvenes irrumpió en el café —pisadas firmes, voces altas— mientras el olor a tinta de una imprenta cercana se colaba por la ventana. «Madrid bullía con un rumor renacentista», recordaría años después el poeta José Moreno Villa. Aquella escena, entre el humo y el ingenio, resumía el reto de la Segunda República: dar cauce a una generación que ya se había lanzado a las calles sin miedo.
Comunidad activa: reformas que tejieron esperanza colectiva
Aquella energía juvenil no se quedó en las tertulias. Los políticos republicanos se aplicaron a una catarata de reformas que buscaban desde alfabetizar campos hasta sanar cuerpos. Mientras los maestros llenaban escuelas y las mujeres reclamaban el voto con firmeza, la resistencia no tardó en brotar. Eran los sectores conservadores, los mismos que, para los jóvenes, “comenzaban a oler a rancio”, como escribió Moreno Villa. Surgió el calificativo de putrefacto. La tensión era palpable: de un lado, una algarabía sin miedo; del otro, el temor a perder privilegios. La Segunda República concentró en pocos años avances que iban desde la educación decente hasta las libertades. Aquel impulso fue triturado tras la victoria de Franco, pero su memoria quedó en el aire de un Madrid que, por un instante, todo lo tuvo como un juego.
El pulso entre lo nuevo y lo rancio: así se polarizó la República
La Segunda República trajo consigo una catarata de reformas. Aspiraban a reducir injusticias, a que las mujeres pudieran votar, a librarse de la tutela del ejército. Al mismo tiempo, surgieron resistencias. Un agitado y permanente revuelo en las calles acompañaba el pulso diario. Moreno Villa escribió: “Lo que más me interesa es dejar sentado que la nueva generación irrumpía sin miedo, en franca algarabía, y que la tensión de la vida literaria de entonces era muy fuerte”. Esa energía chocaba con quienes defendían lo establecido.
En esos días, surgió también el calificativo de “putrefacto” para todo personaje que comenzaba a oler a rancio. Era la forma de señalar lo que se oponía al cambio. Unos veían futuro; otros, solo amenaza. La tensión lo impregnaba todo. Ese calificativo aumentaba la fractura entre los bandos. Aquel calificativo, la putrefacción, se impuso tras el 1 de abril de 1939, cuando el viejo orden engulló la algarabía.
De la promesa republicana de cuidados al vacío de hoy
Aquella Segunda República se convirtió en una promesa de cuidados colectivos. No solo era un régimen: aspiraba a dar tierra, salud y educación. Las reformas buscaron reducir injusticias, garantizar una parcela para cultivar, trabajo digno, alfabetización, médicos, libertades, voto femenino y frenar la tutela militar. Esas metas compartidas daban sentido a la vida pública. Tras el 1 de abril de 1939, todo eso se trituró. La dictadura impuso la putrefacción y el miedo.
Hoy, como en los años veinte, atravesamos otra crisis. Pero falta aquella tensión transformadora. No hay horizonte despejado ni promesa que agarrar. Las sociedades parecen mustias. Mucho ruido y declaraciones altisonantes despiertan más sospechas que certidumbre. Flota un vacío. Sin embargo, quizá no sea hora de pesimismo. Tal vez las nuevas generaciones, como aquellas que Moreno Villa veía irrumpir “sin miedo, en franca algarabía”, vuelvan a pisar fuerte contra la desidia y el autoritarismo.
José Moreno Villa lo vio claro: «Lo que más me interesa es dejar sentado que la nueva generación irrumpía sin miedo, en franca algarabía, y que la tensión de la vida literaria de entonces era muy fuerte». Pero tal vez no convenga ser pesimistas; quizá toque sacar el catalejo para descubrir a esas nuevas generaciones que volverán a pisar con fuerza contra la desidia y el autoritarismo.



































